31 ene. 2010

Rayuela


Desde que ya no arrastro la cantina hasta la cama
y los venenos ya no me envenenan;
sin oír los ruidos de rotas cadenas,
desde que no cierro tantos malos tratos
ni dejo lágrimas amargas en la almohada;
desde que no soy aquella que tanto amaba
y aprendió a bancar la desesperanza,

invierto sueños en rosarios de madera,
en collares y pulseras, en coloridas tobilleras,
en aferrarme al sol, a los árboles y a las estrellas,
para dejar afuera los miedos y las tristezas
y así se vayan a ningún sitio siempre.
Más allá de las estaciones, de los que no duermen y
de los que duermen afuera,
más allá de lo que me sirva de consuelo,
más allá de la propia moraleja…
Devuelvo mis ensayos a las cajas mágicas,
donde viven intactos, sin promesas
en un sitio sin espacio, que no duele;
algo así como más que un escondite;
un refugio, una espada, una bandera.

Aquí estoy, una noche más parada en la cornisa
y en los vértices que tengo en la memoria,
en los reflejos y en mi cabeza,
y es así que a veces, sólo a veces
puedo jugar otra vez a la rayuela
y sentir otra vez que hay una salida en el cielo
y volver a tirar la piedra.

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