31 ene. 2010

Zapato Azul


Para cuando cae la noche ella toma su bolsa de red, que aunque no le baste para cargar todo lo que quiera, la acompaña por donde quiera que va.
Su bolsa de red es roja. Como una flor que lleva puesta donde finaliza la trenza que día a día aprende a hilarse con esfuerzo, haciendo mil intentos por lograr coserla sólidamente, aunque no lo consiga y su melena siempre mantenga la soltura como una cortina que pueda flamear con la mínima brisa que traspase la ventana de su habitación, en las primeras horas en donde el sueño indefectiblemente huye por la fuerza.
Su habitación es blanca. Sin espejos. Si los reflejos no son necesarios. Aquí no. Aquí solo basta con que el sol pueda filtrar por la ventana todas las mañanas, como queriéndose calar entre las persianas que semi abiertas le dan permiso con disimulo a los primeros rayos de una verano que llegó con ventaja, depositando sus primeros brazos sobre un saco azul que pende del respaldas de una silla que acompaña día y noche cargando esas prendas a las que uno va descartando a cara o cruz, con cada nueva mañana por sobrellevar con la mayor entereza.
Y cada nueva mañana ríe con ella. Y la sonrisa parece de una de esas doncellas que cada día renace como las flores en plena primavera.
Y las flores de aquél jardín eran azules. Azules como el mar cuando para nadar no da tregua.
Y su par de zapatos también es azul. Tacos chinos que dejan libres los primeros dedos, como queriendo saludar a cada calle, cada mundo y cada acera. Cada semáforo, cada esquina y cada diagonal por más corta que fuera. Sus zapatos azules a quienes tanto les exigió cuando llegó por fin la primavera. Sus zapatos azules, azules como el cielo cuando llueve o como la franja del horizonte cuando el sol –otra noche más- a descansar se acuesta.
Zapatos azules. Azules como los ojos del muchacho que nunca vio y como la blusa que nunca lucio. Azules como los espectros que ella puede llegar a divisar en los primeros parpadeos cuando despeja todas las mañanas, las cosas que no necesita para dar lugar de lleno por completo a la rutina, a quien no le teme porque ella, siempre ella, es valiente hasta en la peor de las trincheras.
Zapatos azules. Los que la acompañaron hasta el centro de una ciudad que ardía como una caldera. En una primavera que aún no moría jugando una batalla importante con un verano que amenazaba con sorpresas.
Zapatos azules. Fieles al paso acompasado en su trayecto hacia la mesa, o hasta algún teclado alrededor de su bohemia compañera que siempre sonriente, la espera.
Zapatos azules. Azules como alguno de sus pantalones vaqueros o quizás como los acordes que nacen y mueren, como el ocaso, luego de cada melodía improvisada, las que están siempre y todas y cada una de las que aún no llegan.
Zapatos azules. Que la acompañaron esa tarde, paso a paso, mientras el diluvio los corroía poco a poco, gota a gota, pestaña a pestaña, fiesta a fiesta. Hasta separarlos infinitamente la corriente ineludible, la que arrastró llevándose consigo para siempre una mitad que naufraga quién sabe ahora por qué veredas.
Zapato azul. Que subió por última vez cada escalón en una tarde mojada de primavera. Bolsas de plástico en su mano izquierda y un paraguas empapado pendiendo de su derecha. Y su imagen abriendo la puerta de su departamento aparentando una postura falsamente renga pero –lo más importante- verdaderamente auténtica. Como gesticulando la picardía del niño que encuentra un tesoro enterrado en su propio jardín, jugando con tierra.

Me pregunto a dónde te habrá conducido tu naufragio, zapato azul. Hoy no estás ni con ella, ni con la mitad de la que no pudiste despedirte siquiera. Porque el agua te llevó para siempre, llevándose también todas las tristezas que aplastó tu suela y regalando una avalancha de risas en un llamado que pareció no terminar jamás; quizás por lo increíble de tu destino; tal vez por la noche que estaba tocándonos la puerta, con armónicas meciéndose sobre lunas plateadas y guitarras reflejadas en caras morenas.

Zapato azul. Cuánta verdad hay en ésta, tu mejor odisea: el legado de que la vida te lleva en el momento menos pensado por la corriente que te arrastra hacia un nuevo puerto, con quién sabe qué sorpresas.

Atesorable moraleja.

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