9 feb. 2010

Entonces podemos brillar


Todavía para cuando se acuesta el sol, seguiremos compensando las horas de sueño invirtiendo en pensamientos hilados golpeando la orilla de la cama que nace de nuestro desvelo. Aunque aún tengamos horas por delante, seguiremos levantándole la falda a esa luna que indudablemente nunca nos dejaría solos por completo y, por el contrario, sería la mejor compañía cuando más lo necesitemos.
Tantas veces nos toca ser testigos del sol poniéndose a nuestras espaldas, y nos perdemos de contemplar los versos que nos regala el río, el mar y los peces. Consideramos que la fórmula exacta está en el horizonte, en ese punto de llegada que siempre está un poco más allá de nuestros párpados. Sabemos que la poción está en el pequeño descanso que podemos tomarnos con nuestros libros y aquellos cantos, en donde volvemos a recuperarnos del olvido y de nuestros sueños no soñados. Es allí cuando, inevitablemente, nos resurge un torbellino frenético por dentro, precedida por las avalanchas de las ganas locas de volver a sonreírle al cielo y es entonces cuando encontramos las estrellas brillando pese a la oscuridad de la noche y a la penumbra de todos aquellos vanos intentos.
Entonces podemos brillar.
Porque seguimos buscando las pupilas que nos devuelvan la vida, la fe y las ganas de ganarle a la peor de las trincheras, cual aquella en la que el desvelo de un soldado del miedo se queda quieto y perplejo.
Podemos brillar.
Porque volvemos a comenzar sabiendo que no todo está perdido y que aún habiendo jugado en cancha embarrada, siempre toca la puerta esa revancha ineludible antes de terminar el torneo. Y eso es algo que no nos objetamos por una cuestión de respeto. Y cómo no vamos a expresarlo si es algo tan real: nuestros pies siguen andando con el pensamiento esperanzador que nos genera imaginar que nos devuelve la mirada una gaviota sin vuelo, a lo lejos.
Allí es cuando sabremos qué rumbo tomar. Hacia dónde conducir nuestro naufragio y hacia dónde direccionar los cristales para conseguir mejores reflejos. Tan vívidos, tan puros. Tan necesariamente nuestros.
Estamos aprendiendo a vivir sin esperar lo que no llega. Estamos comprendiendo que nuestra vida juega un juego eterno en una cancha con tronquitos y piedras que de a poco despejamos sin saberlo.



Total, estamos vivos: perdidos en las nubes y sonriendo. Con el sol que nos vigila en cada mañana y se relame de gusto al vernos.






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