7 feb. 2010

Regresos


Para cuando regrese la oscuridad de la noche, voy a volver a vislumbrar las pocas estrellas que aún no se han desvanecido. Las efímeras moléculas de polvo flotarán en el vacío y, junto con el viento, se habrán ido mis ruidos, mis fantasmas y los miedos que a pesar del paso del tiempo, esfumar no consigo.
Para el regreso de la luna ya habrá menos piedras en el camino. Habré podido poner punto final a la procesión de los recuerdos y las ausencias que aún caminan conmigo. Los sueños cancelados y la pérdida de los abrigos. Las mañanas de soles que tanto se alejaron del espectro azulado de los vidrios. Pero sólo al regresar la luna, todas esas penumbras habrán partido. Y es difícil ver la luna cuando se anda con el corazón corroído.
Para cuando el óxido se haya cobrado la mayor parte de todos estos, mis pensamientos fluidos, habré vuelto a nacer y me animaré a creer de nuevo en el destino. El del cielo abierto y el del aire que respiro.
El camino es todo el tiempo. El camino aún no ha concluido. Solo hay fantasmas que se empeñan en opacar nuestros encantos intentando que los nuevos comienzos no tengan sentido. Son fantasmas casi invencibles, pero ante los cuales aún no nos declararemos jamás por vencidos.
Para cuando hayamos recuperado el compás de los latidos, nuestra luz permanecerá intacta abriéndonos paso a nuevas lunas, nuevas noches y nuevos soles, por estrenar; amanecidos. Juntaremos los cristales rotos mal esparcidos y esperaremos a que se haga humo todo aquello que no puede almacenarse en ese cofre invisible al que llaman olvido.
Volveremos de los túneles. Escucharemos el silencio con los cinco sentidos.
Nos daremos cuenta de que el caracol de nuestras vidas avanza aunque ciertas veces no parezca,



porque estamos vivos.

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